De Rotorua a Whakahoro y Tongariro (Días 6 y 7) – #StrayBus

Dejamos atrás la ciudad de Rotorua y su inconfundible aroma provocado por el sulfuro de las aguas que brotan por toda la ciudad (y toda el área), para dirigirnos hacia Whakahoro (pronunciado Fuck-a-horo).

Hacemos una primera parada para visitar un enorme lago de barro burbujeante. Toda la zona tiene un enorme potencial geotérmico y nos encontramos con un par de centrales eléctricas que aprovechan las aguas calientes para generar electricidad.

La siguiente parada, no muy lejos, es en las Huka Falls, un salto de agua de 200.000 litros por segundo que además tiene un color precioso. Es uno de esos lugares que donde podrías estás horas y horas contemplando la naturaleza.

Desde Huka Falls pasamos por Taupo, una ciudad ubicada al borde del enorme lago que lleva el mismo nombre.

Taupo, como la mayoría de las pequeñas ciudades neozelandesas no suelen tener nada en especial, pero en Taupo se pueden destacar dos cosas: un avión DC3 en el McDonalds (te puedes subir), y una moderada nuestra de arte urbano por los callejones. Sólo por esas dos cosas ya vale la pena hacer una parada.

Seguimos hacia el destino del día, salvo una parada en el súper para comprar provisiones para la comida del día, el desayuno de la mañana siguiente y comida para la travesía por el Tongariro.

Nos esperaba una buena sorpresa. Blue Duck Station es una premiada mezcla de casa rural y granja donde en una remota ubicación y con sólo 8 habitantes se da alojamiento a los visitantes a la vez se crían corderos, vacas y llamas. La localización es tan remota que hace necesario transitar por una pista de grava sembrada de ovejas y vacas a lo largo de 30 km y no hay cobertura  de teléfono móvil, sólo WiFi por satélite en el café del pueblo.

¿Pero a que valen la pena las visitas?

Por la mañana tocó un buen madrugón hasta el Tongariro National Park para realizar la famosa travesía alpina.

Aunque no estaba muy convencido de hacerla, me calcé los calcetines gruesos de senderismo, vamos, que de forma más o menos consciente sabía que al final me apuntaría. Eso, junto con la insistencia de los compañeros me animó

La travesía por el parque volcánico es de aproximadamente 20 km, con un ascenso bastante duro en la parte final, que se hizo más difícil debido al viento y la niebla. El descenso inicial también fue duro, con arena volcánica muy resbaladiza junto a una fuerte pendiente y barrancos a ambos lados.

Algunos tramos de nieve, lagos, cráteres y fumarolas han sido nuestra compañía durante la caminata.

Aunque la pierna derecha me está pasando factura, la travesía ha sido toda una experiencia personal. Nunca había caminado tanto y menos así, pero será algo para recordar siempre.

Fin del día con cena y reposo junto a la chimenea del hotel

Anuncios

De Hahei a Rotorua (Día 5) – #StrayBus

Hoy con un poco de retraso y con WiFi por satélite dejo la crónica del día anterior.

El trayecto de Hahei a Rotorua fue básicamente un día de carretera con una parada intermedia para los interesados en ir al Hobbitton, el parque temático dedicado a todo lo relativo al Señor de los Anillos. Allí se bajaron el 98% de mis compañeros de bus, dejándome casi sólo durante unas horas, tiempo que dediqué a la visita de la ciudad geotermal de Rotorua bajo una meteorología de sol y lluvia en segmentos de 10 minutos y en bucle continuo.

En la misma ciudad de Rotorua aparte del lago  que lleva el mismo nombre de la ciudad, la gran curiosidad de la ciudad puede visitarse un parque de pequeñas lagunas de agua sulfurosa, que aportan un peculiar aroma de huevos podridos a la ciudad,  y también algunos charcos barro burbujeante. Muy sorprendente de ver, pero mejor no meter el pie.

Aparte de curiosidad natural, la ciudad se abastece de esta agua caliente para calefacción y el agua caliente de las viviendas. Incluso si se tienen unos ingresos menores a 40.000$ el Ayuntamiento te ofrece el cambio de sistema de calefacción tradicional a geotérmica de forma gratuita.

El resto de la ciudad dejando de lado un par de edificios tiene poca cosa interesante a ver, así que como ya era hora de comer  seguí la recomendación de ir al Fat Dog Cafe  a calmar el estómago con alguna cosa.

Una vez energizado de nuevo, aproveché para dar un paseo por los jardines de la ciudad, de estilo muy inglés,que conectan con un paseo que va bordeando el lago y que son una relajante actividad.

Rotorua

Para los amantes de los deportes de aventura hay un par de cosas curiosas para hacer. El Luge, que son como unos karts con los que bajas por una colina y el Zorb, que es una enorme bola de plástico en la que te meten dentro y te despeñan camino abajo.

Por la noche fuimos al Tamaki Maorí Village. Viene ser como un pequeño parque temático de cultura maorí. Si bien podría decirse que es una “turistada”, la verdad es que está muy logrado y bien hecho. Al llegar te dividen en pequeños grupos y vas pasando por varias zonas donde te explican juegos o actividades de la cultura maorí como el tradicional Haka o la construcción de las canoas.

Hay también un espectáculo de danza y la visita acaba con una tradicional cena maorí en la que los alimentos se han cocido en un agujero en el suelo.

De Auckland a Hahei (Día 4) – #StrayBus

Dejamos atrás una lluviosa Auckland para comenzar la ruta hacia Hahei, una pequeña población de la península de Coromandel (pero pequeña de verdad), donde básicamente sólo hay algunas carísimas casas de veraneo, un pequeño colmado y un pub que vale mucho la pena.

Nuevo conductor (Spoon), y un nuevo grupo con 5 californianos, una Suiza, dos Londinenses, el ya conocido trío alemán y el chico belga  flamenco.

Hicimos una paradita técnica en Thames para comprar la cena, que la gastronomía siempre es importante

Así como curiosidades de la vida local, aparte de tener algún animal comestible en tu terreno independientemente de la profesión que ejerzas, son típicas las Honesty Box, algo que ya vi en Irlanda. Básicamente dejas algún producto de tu huerta o huevos a pie de carretera y la gente paga por ello dejando el dinero en una caja. Obviamente por nuestras tierras se llevarían los productos y el dinero. Quizás no la caja para que alguien la vuelva a llenar y así seguir vaciándola.

Después de una revirada ruta, llegamos al camping donde nos alojamos en unos pequeños bungalow

Aparte del drama de no tener baño propio (lo de ir de camping lo dejé hace más de 30 años), me dejaron la segadora por si me quería entretener un raro.

Dejando de lado la tranquilidad del lugar, lo más interesante en Hahei es visitar la cala de Cathedral Cove. A esa playa sólo se puede llegar caminando por una ruta llena de subida, bajadas y escaleras que te deja medio muerto, o con taxi acuático. Nosotros por supuesto nos decantamos por la opción de quedar medio muertos.

Aunque el tiempo estaba así así, al final el sol se dignó a hacer acto de presencia, y hay que decir que la matada de camino vale la pena

Omitido el kayak por el mal tiempo, que tampoco era cuestión de tener que acabar siendo rescatados, quedó un día para el descanso o el paseo por la playa de aguas embravecidas hasta las 6 de la tarde que era la hora de inicio de la barbacoa donde aparte de la carne, que ya se daba por descontado, pudimos descubrir algunas exquisiteces locales como la limonada L&P, las patatas fritas con crema agria y una especie de gominolas de piña recubiertas de chocolate.

El día no podía acabar de otra manera que delante una cerveza local, una buena IPA en el pub del pueblo, aunque a una media de 6€ por cerveza, vamos camino de reventar el presupuesto

De Opononi a Auckland (Día 3) – #StrayBus

Ayer nos despedimos de Opononi con un último adiós al lugar donde reposa el delfín Opo

Opo fue un simpático delfín que un buen día apareció en la bahía y que hacía compañía a bañistas y pescadores hasta que de repente un día apareció muerto. Los habitantes quedaron tan desolados que decidieron darle eterno reposo frente a la playa. Nosotros a Copito de Nieve lo quemamos y no recuerdo qué se hizo con las cenizas.

Pero bien, la razón de estar en el puerto de Opononi era para coger el “ferry” al otro lado de la isla

Allí nos esperaba una actividad de esas que te lo pasas en grande como pocas veces y permite alguna competición chorra sin riesgo al estilo “a ver quien llega más lejos”: los descensos por las dunas haciendo sandboarding.

Nos pasamos una divertida hora haciendo un poco el cabra. Admitamos eso sí, que para 7 segundos de bajada, te pegas unas buenas palizas de subir.

Nos recogieron de nuevo a la hora prevista para volver a Opononi con el recuerdo de toneladas de arena durante los próximos días.

Pusimos rumbo de nuevo al bosque Waipoua para ver al Señor del Bosque (ahora de día) y rodar durante unos cuantos kilómetros entre esa jungla. Desgraciadamente pudimos ser testigos de la enfermedad que afecta a los Kauri, parece ser que proviene de Australia, y que está acabando con ellos, con lo que es obligatorio desinfectarse los zapatos al entrar y salir del bosque.

Parada para comer en el Lago Taharoa donde pudimos aprovechar para poner los pies en remojo durante un rato…era posible bañarse pero con la temperatura del agua quedaba restringido a los más valientes, aunque a mis compañeros Belga y Holandés no les pareció tan fría…

Y de ahí ya rumbo a Auckland experimentando también alguna de las típicas retenciones dominicales (en todas partes cuecen habas)

Al poder realizar esta parte del tour como un ente separado, era hora de despedirse de Henzen, el compañero holandés que vive en Auckland con una buena (y tremendamente cara), cerveza comentando experiencias de viaje y sobre la integración europea.

Mañana…nuevo grupo.

De Paihia a Opononi (Día 2)

El día se prevé intenso, así que nada mejor que comenzarlo con un buen desayuno y mejores vistas sobre el puerto de Paihia

Con el estómago calmado es hora de recoger y poner rumbo hacia un crucero por la Bay of Islands, donde a lo largo de cuatro horas pudimos ver envidiables playas solitarias, atravesar una roca horadada, pasear por la Bahía de Otehei… toda la sensación de ser un barco pirata explorando la zona. Ah, y lo más importante, pudimos ver delfines y una ballena!

Una vez de nuevo en nuestro autobús hacia el siguiente destino y coincidiendo con la hora de comer, aprovechamos el momento de despedirnos del océano Pacífico con un tranquilo picnic.

Rumbo Opononi a través de una de las zonas más pobres del país debido a la falta de oferta de trabajo. Hasta el cielo pasó del sol al gris, como para dar un aspecto todavía más triste a las viviendas de madera, muchas de ellas en un pobre estado de conservación y con jardines llenos de trastos abandonados.

Pero aún así el paisaje sigue siendo increíble. Verde y plagado de pequeños montículos que nos llevan a reencontrarnos con el el mar, aunque en esta ocasión con el mar de Tasmania.

Dejamos la maleta en un bonito motel frente a la playa y nos vamos a cenar, aunque por la hora sería a merendar. Pronto nos recogerán para una vista muy especial.

Con un plato menos de fish&chips en la mesa nos pasan a recoger para llevarnos al bosque de Waipoua en el que nos realizan un paseo de casi tres horas a medida que se va poniendo el sol.

Son árboles centenarios, los gigantes Kauri, combinados con historias locales explicadas por nuestra guía maorí.

Ya de noche, linternas en mano, los sentidos se agudizan a la vez que los sonidos del bosque se hacen mas intensos.
La sorpresa final es visitar al enorme Tane Mahuta, un Kauri de 50 metros de alto y 13 de diámetro…y con una edad estimada de casi 2000 años!! Solos, rodeados por el silencio y a la luz de las linternas la visión es tremendamente espectacular como punto final del día

De Auckland a Paihia (Dia 1).

La aventura por tierras kiwi daba comienzo a las 7 de la mañana en la oficina de Stray Travel, en el centro de Auckland. No fue un gran problema estar allí a las 7 en punto de la mañana ya que gracias a esa maravilla de los tiempos modernos llamada jetlag, llevaba despierto desde las 2 de la madrugada.

Así que de buena mañana y sin desayunar, cargando una mochila casi tan pesada como yo, llegué al punto de encuentro para comenzar la primera parte de la ruta por el norte de la isla norte acompañado de otras 7 personas, tres chicas alemanas, un chico holandés, un chico belga y una pareja noruega de casi jubilados de la industria del petróleo.

Salimos puntualmente para ir rodando por la carretera 1, la más larga de Nueva Zelanda y que atraviesa el país de extremo a extremo con rumbo a la primera parada: el Parry Kauri forest, que es lugar donde tener el primer contacto con los típicos y gigantescos árboles Kauri y donde puedes intentar abrazar un ejemplar de 800 años!!

Seguimos hacia el norte comenzando a dejar atrás un paisaje de verdes prados y suaves colinas lleno de vacas, no por menos el sector lácteo es el negocio más importante del país después del turismo, para adentrarnos en un tramo mucho más montañoso de vegetación exuberante que me trajo a la memoria recuerdos de Hawaii.

A medio camino hicimos una breve parada en Kawakawa para ver dos cosas, un tren de vapor que cruza la ciudad y unos peculiares baños… sí sí, unos lavabos muy singulares diseñados por el austríaco Hundertwasser. Que cada uno juzgue por si mismo:

Tengo que decir que en base a mis aficiones, la visión del tren a vapor me resultó más interesante 🙂

Kawakawa

En marcha otra vez hacia Paihia, pasando un pequeño puerto de montaña que nos desveló unas privilegiadas vistas del océano y que puso punto y final a la carretera.

Paihia es un pequeño enclave referente en la llamada Bay of Island,  lleno de visitantes gracias a la belleza del paisaje y donde además pueden hacer algunas rutas a pie, ya sea a lo largo de la costa o para visitar unas cascadas

O también se puede embarcar en el ferry que cada hora cruza la bahía hasta la población de Russell, donde se puede contemplar algunas casas coloniales, visitar el mercadillo de artesanos locales y, como no, darte el capricho de un helado de crumble de manzana (o de triple chocolate), antes de coger el ferry de vuelta.

Russell

El día no podía acabar de otra manera que dando buena cuenta de una barbacoa viendo un partido de los All Black contra los Wallabies australianos.

Nab Cottage (1)

Una setmana -i una mica més- des de que vaig arribar al Lake District a aprendre anglés en una escola una mica particular. Una escola que funciona com una petita comunitat d’estudiants que es va renovant a mesura que passen les setmanes i que comparteixen -compartim- la nostra estada en un cottage, una espècie de Masia, per entendre’ns.

L’escola també funciona d’una forma una mica particular que s’allunya del sistema d’aprenentatge tradicional. Així, hom es pot trobar fent exercicis de meditació amb temes sobre els quals després s’obre conversa, que potser és la línia principal per sobre de l’aprenenatge de la gramàtica. Així, el vocabulari va fluint i refrescant-se.

Per les tardes, activitats voluntàries que van des del ioga fins a visita d’empreses locals passant per ball escocés, teatre o visualitzat de pel·licules, sense oblidar excursions per la muntanya; no oblidem que estem a les portes d’un parc nacional. Pels vespres, sempre ve de gust una mica de tertúlia a la vora de la llar de foc o una passejada fins el pub més proper. La diversitat dels orígens i edats dels estudiants fa que les xerrades tinguin un alt valor. Per exemple, en aquest moment tinc a una Cap d’estudis d’una escola de Tel Aviv, una Jutgessa del Tribunal de la UE, una Conservadora de Museu de Hèlsinki, un Enòleg de La Rioja, etc.

Ja se que molts dels que em coneixen “no m’hi veuen” en un lloc així. Però deixant de banda de tant en tant tinc cops amagats, tampoc diré que hagi estat mai gaire de “meditacions” i similars. Però també penso que de tant en tant dedicar uns instant a la reflexió i que algú t’acabi donant valors de ser millor persona no fan cap mal i són compatibles amb qualsevulla creencia o religió…o ho haurien de ser…

Però han estat uns primers dies també de posar a funcionar els sentits. El del gust descobrint els plats que ens fa el nostre cuiner, o les tradicionals cerveses “Ale”; però també la vista…observant com la lluna es reflexa sobre les aigues tremoloses del llac fragmentant-se en petites llanternes flotants o un cèrvol travessant un aiguamoll. O l’oïda, escoltant els xais i el so que fan els cignes al volar. L’olfacte i l’aroma de l’herba sempre fresca per la pluja que no s’atura més enllà d’unes poques estones o de la llenya que crema a la llar de foc. I el tacte de les pedres usades per construïr quilómetres de muralles als camps, o de les fulles del bosc.

20120813-165824.jpg